miércoles, 21 de marzo de 2012

Historia de la Iconografía de Jesús Nazareno. Advocación bajo la cual se ha tallado al Nuevo Nazareno...


Después de la iconografía de Cristo Crucificado, la representación de Jesús con la Cruz al hombro o Jesús Nazareno ha sido muy interpretada por el arte cristiano y ha calado profundamente como uno de los misterios pasionistas de mayor devoción. Su composición de marcha hacia delante la ha hecho muy apropiada para ser concebida como imagen procesional, además de ser capaz de suscitar un gran fervor piadoso. Si bien la evolución de esta representación no ha sido tan estudiada como la de Jesús en la Cruz, intentaremos hacer una síntesis de los momentos históricos más trascendentales y cómo su iconografía ha sido reinterpretada en contadas ocasiones.


 


PALEOCRISTIANO

Las representaciones artísticas de Jesús llevando la cruz no aparecieron en los primeros años del Cristianismo. Es un hecho que la representación de la cruz no se empleó hasta su hallazgo atribuido a Santa Elena en el año 335.

La primera representación de Jesús con la cruz al hombro data del año 350. Se trata del Sarcófago 171 del Museo Pio Cristiano del Vaticano. En él se representa al Cirineo cargando la cruz con el patibulum hacia arriba en la primera de las cinco escenas. En la segunda figura la coronación de espinas y en la tercera aparece la cruz victoriosa techada por el crismón y flanqueada en el crucero por las aves de la resurrección. Bajo ésta aparecen dos soldados romanos dormidos guardando el sepulcro.

Un segundo ejemplo se conserva en el Museo Británico, y corresponde a una píxide o caja en la que se representa a Jesús tomando la cruz en el Pretorio. Del siglo IX se conoce una representación de Jesús con la cruz en el Codex Aureus del Monasterio del Escorial. En éste aparece barbado, con el cabello oscuro y con la cruz también invertida.

Durante el Románico hay un gran vacío en la representación del Nazareno, pues en este periodo no se deseaba plasmar tanto los dolores humanos de Cristo, como su carácter celestial y todopoderoso.



GÓTICO

La verdadera contemplación del Jesucristo hombre arrancó en el Gótico allá por el siglo XIII con San Francisco de Asís. Junto a ello surgió la devoción a la Cruz y a la Sangre de Cristo. La primera de las congregaciones destinadas al culto de la Vera-Cruz fue la de Santo Toribio de Liébana en 1181.

Una de las primeras representaciones de Jesús Nazareno del gótico se puede contemplar en la vidriera de la Redención de la Catedral de Chartres. En una de las escenas de la parte superior aparece Jesús llevando la cruz por primera vez por el patibulum. Ello responde a la nueva necesidad de transmitir una visión piadosa, más que simbólica, de la aceptación del martirio.

La mayoría de las obras que reproducen este tema en estos siglos son de origen flamenco y de carácter retablístico, como el altorrelieve central del Retablo de la Santa Cruz de la Iglesia de San Lesmes de Burgos, donde se refleja más el carácter humano y dramático de la escena.


 

RENACIMIENTO Y MANIERISMO

A principios del siglo XVI, aún con un poso goticista, encontramos importantes ejemplos, caso de los relieves que el escultor Damián Forment esculpió en varios de sus retablos para la Corona de Aragón. Uno de los más bellos es el Retablo Mayor de la Catedral de Huesca. En la calle izquierda se trata este tema con gran belleza y serenidad, preconizando los nazarenos barrocos.

En el Retablo Mayor de la Catedral de Sevilla se puede contemplar también una escena de Jesús con la cruz al hombro, obra de Jorge Fernández Alemán (1518-1526). Se trata de la más antigua de la ciudad y plantea la escena con cierto carácter simbólico, con la imagen de Cristo abrazado a la cruz invertida y con gran serenidad en la expresión.

Aunque arrancara en el Gótico, encontramos en el segundo cuarto del siglo XVI ejemplos de una nueva representación de Jesús como fuente de vida abrazado a la Cruz y exprimiendo la llaga de su costado como el del Retablo de San Pedro de la Catedral de El Burgo de Osma (Soria). Para encontrar una escena de gran formato habría que esperar al año 1587, cuando Juan de Oviedo y de la Bandera esculpió el Relieve para el Convento de Santa María de Jesús (Sevilla), repitiendo la fórmula del nazareno abrazando la Cruz por el stipes.

No será hasta mediados del siglo XVI cuando aparecerá la imagen de Nazareno de bulto redondo y con marcado carácter devocional. Muchas de estas imágenes se realizaban íntegras, ahuecándose en los casos en que estaban destinadas a procesionar. Es entones cuando destacó la figura de Pablo de Rojas como el creador del Nazareno procesional andaluz. Rojas se convirtió en el eslabón que enlazó el romanismo manierista con el naturalismo barroco, revitalizando la imagen procesional, tradicionalmente asignada a escultores menores. Una de sus mejores es el Nazareno de Priego de Córdoba, aunque ha llegado a nosotros mutilado para ser vestido y con pelo natural.

No es hasta el último cuarto del Quinientos cuando están documentados los primeros concebidos para ser vestidos. Estos solían tener el cuerpo realizado en pino, desbastado o anatomizado de forma muy somera. Estaban también provistos de articulaciones en codos y hombros para permitir asirse al madero. Uno de esos cristos es el Nazareno de Utrera de Marcos Cabrera, fechado en 1597. Otro ejemplo es el Nazareno de las Tres caídas de Triana (Sevilla), de autor anónimo pero atribuido a Juan Bautista Vázquez el Viejo. Representa la iconología apócrifa de las tres caídas, tema de marcado carácter piadoso de origen en el Gótico.

Dos nazarenos de marcados rasgos manieristas son el Nazareno de la Corona y el Nazareno del Silencio, ambos también en Sevilla: el primero, propiedad de la Iglesia del Sagrario de la capital hispalense, posee una postura forzada para ser contemplado desde un único punto de vista lateral. Plantea al Nazareno abrazado al stipes soportando el peso sin aparente esfuerzo físico, como si alzara un estandarte que pregonara su victoria sobre el pecado y la muerte; el segundo, obra de Francisco de Ocampo hacia 1609-1611, a diferencia del anterior está concebido como imagen procesional y posee un marcado contraposto muy elegante y contenido, pues es una síntesis entre las fórmulas manieristas y realistas influenciadas por Montañés.


   


PROTO-BARROCO Y BARROCO NATURALISTA

Debe situarse al sevillano Nazareno de Pasión, obra de Martínez Montañés fechada hacia 1610-1615, como pieza clave para entender la iconografía del Nazareno desde entonces hasta nuestros días. La magistral imagen, anatomizada íntegramente, está marcada por un claro clasicismo. Su paso firme y equilibrado transmite una visión idealizada de Cristo carente de patetismo, que invita más a la reflexión e introspección que a la compasión.



El salto hacia el dramatismo barroco lo dará Juan de Mesa y Velasco, quien en 1620 esculpió la reconocida imagen de Jesús del Gran Poder. El lenguaje artístico ha cambiado diametralmente con esta obra, rompiendo con el clasicismo para presentar una impresionante y dramática talla que adelanta el cuerpo con una marcada zancada. Unido a la dinámica composición del cuerpo se plantea la cabeza con gran dramatismo expresivo, gracias a los potentes claroscuros que dibuja la gruesa corona de espinas y la movida cabellera. Mesa sabiamente equilibró el dramatismo de la efigie planteando el rostro y manos con gran serenidad de claro origen montañesino. 

Si bien en Castilla Gregorio Fernández no labró ninguna imagen de Jesús Nazareno, pues allí se preferían temas pasionistas con mayores recursos patéticos, se procesiona en Valladolid una pieza de talla completa atribuida por José Martín González a Juan Antonio de la Peña (hacia 1675). Pudiera ser considerada ésta una hipotética imagen inspirada en otra realizada por Gregorio Fernández. Se trata de un Nazareno plásticamente un tanto duro, de clara inspiración flamenca pero conjugada sutilmente con una indudable serenidad y armonía italiana tanto en la composición como en su bello rostro.


   


REALISMO BARROCO Y ROCOCÓ

Con la llegada de José de Arce a Sevilla en el año 1636 se introdujeron las nuevas fórmulas europeas de formas ampulosas y dinámicas. Atribuido a este escultor flamenco es el Nazareno de Santiponce (Sevilla), de gesto crispado y dramático. Su autor planteó carnes y cabellera a base de grandes planos compactos de carácter pictórico. En esta obra, el detalle naturalista de principios del siglo XVII se ha perdido para potenciar el realismo expresivo.

Andrés Cansino, discípulo de Arce, recreó en su Nazareno del Viso del Alcor (Sevilla) los mismos signos que el anterior pero con mayor serenidad. De esta fusión entre el naturalismo sevillano y las formas europeas surgió también la arrolladora personalidad de Pedro Roldán, cuya principal aportación a la iconografía es el Nazareno de la O, realizado para la cofradía homónima de Triana. Esta imagen, de compactos cabellos y serena expresión, propone a Cristo encorvado por el peso del madero, pero con el rostro resignado y un marcado carácter devocional.

Otro impresionante simulacro es el Nazareno de Sisante (Cuenca), labrado por Luisa Roldán. Fue esculpido hacia 1695, siendo encargado por Carlos II para ser regalado al papa Inocencio XI. Debido a la muerte del monarca, el encargo se truncó y la imagen quedó en propiedad de su autora. La escultura es un claro anticipo de las fórmulas del rococó, debido a la blandura de su modelado y ejecución a base de amplios volúmenes.

Ya en pleno siglo XVIII, debemos destacar el Nazareno de la Caída, que forma parte de un conjunto procesional labrado por Francisco Salzillo para Murcia. Esta imagen, tan espléndida como el resto de su grupo escultórico, busca potenciar el realismo a través de un certero modelado de las carnes y haciendo uso de cabello y pestañas postizas. La blanquecina policromía resalta los valores escultóricos y resalta el carácter pictórico de la imagen.

Otra interesante obra del periodo es el Nazareno de Estepa (Sevilla), atribuido fehacientemente al escultor castellano Luis Salvador Carmona. Se trata de una pieza provista de un marcado refinamiento dieciochesco, esmerada técnica escultórica y grisácea policromía. Más acorde aún con los gustos academicistas es el Nazareno de Santa Cruz de la Palma (Santa Cruz de Tenerife) que recibe culto en la Iglesia de Santo Domingo de Guzmán, obra del prestigioso imaginero canario Fernando Estévez del Sacramento.


   


SIGLOS XIX, XX y XXI

El siglo XIX no fue muy fecundo para la representación del Nazareno, y hasta llegar al XXI en su mayoría principalmente las creaciones cristíferas están basadas en los prototipos del Nazareno del Gran Poder y Jesús de la Pasión, desarrollando un nuevo periodo conocido como neobarroco.

La gran ruptura la realizó Mariano Benlliure Gil, el cual, educado en el clasicismo y el realismo, fundió ambas tendencias en un estilo poco evolutivo, pero muy efectista, con cierta influencia de la plástica modernista. Entre sus mejores creaciones cristíferas habría que destacar el Nazareno del Paso de Málaga. Con esta versión nos presenta una imagen de Cristo de gran realismo y fiel a la hora de recrear los rasgos propios de los nativos de Judea. En Zamora procesiona el conjunto llamado Redención, que incluye otro Nazareno de Mariano Benlliure ejecutado en el año 1931. Se trata de una imagen más abocetada que detallística que se distancia de los prototipos barrocos, adhiriéndose a unas nuevas formas de inspiración rodiniana de gran robustez y energía, tendiéndose más a la idealización que a la narración evangélica.

Prácticamente hasta nuestros días, la imagen del Nazareno ha sido una revisión de los patrones de la escuela sevillana a excepción de dos nazarenos más eclépticos de gran interés: en primer lugar, el Nazareno de Pasión de Málaga, obra de Luis Ortega Bru inspirada en el Ecce-Homo de Diego de Siloé de la Catedral de Burgos, conjuga elementos castellanos con sevillanos, como su potente zancada inspirada en el Gran Poder; en segundo lugar, el Nazareno de la Humildad que en el año 2004, en pleno siglo XXI, talló Juan Manuel Miñarro para el barrio sevillano de El Cerro del Águila. Este Cristo unifica la estética castellana, principalmente personalizada en Fernández, con la potencia y monumentalidad de la imaginería sevillana. Además, el dramatismo del bello rostro refleja las investigaciones sobre la Síndone realizadas por su autor. A su vez, es muy novedosa la fórmula de cargar la cruz sobre el hombro derecho, ciñéndose al patibulum de sección plana de una forma muy original y realista.




   

Extracto de un artículo publicado en el nº 4 de la revista Carrera Oficial (Cádiz, 2007)

http://www.nazarenohuesca.es/content/files/articulos_047_EVOLUCION-DE-JESUS-NAZARENO.pdf 

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